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Posts Tagged ‘molinos’

 

           En el apartado dedicado a “industria” de la referencia a Ludiente que, en su diccionario, hace Pascual Madoz,  se menciona la existencia de tres molinos harineros en el término municipal.

          Yo conozco la “ubicación” de cuatro de ellos, aunque no me atrevo a afirmar si la función de todos era la molienda del grano, o alguno de ellos era un molino de luz. Y digo ubicación porque, de los cuatro, sólo queda en pie, uno, bien conservado por tratarse de una vivienda en uso y a resguardo de avenidas del río: la casa de “El Molino”, pues así la llamamos, inmediatamente debajo de “El Lavadero”, y las ruinas de otro: el que se halla al final de la Rocha del Molino, que por eso se denomina así la calle, prácticamente en el cauce del río, junto al Puente Viejo, reventado por higueras e intemperie y que una última riada forzó a su abandono. De niño estuve en alguna ocasión dentro de El Molino y no consigo recordar si llegué a ver la maquinaria (turbinas y esas cosas) o lo habré soñado, pero me va por la cabeza que el último uso que tuvo ese molino era la producción de electricidad para la iluminación del pueblo. (¿Alguien me puede confirmar por favor este extremo?) Si anteriormente –o siempre- fue también molino harinero es algo que desconozco.

          En cualquier caso no nos debe extrañar la existencia de “tantos” molinos. La producción de cereal era también muy importante antiguamente para la subsistencia de los habitantes del pueblo y hasta casi los años 80 se mantuvo el cultivo del trigo, si bien con una producción cada vez más menguante hasta su total desaparición.  Si descontamos el escaso maíz (panizo) que en la huerta se puede ver, que yo sepa, actualmente queda algún campo en el que todavía se siembra avena (ver Masía de los Zafones), pero ya hace muchos años que no veo una espiga de trigo “made in Ludiente”. Charlando este verano pasado con Remigio (¡qué buena cabeza tiene este hombre!) me dijo la cantidad de toneladas que se segaban sólo en la zona de La Granella y era una barbaridad. (Por cierto, el nombre de esa masía no es una casualidad. -Granella, de grano, del latín granum– Echar un vistazo a los alrededores de la masía y, con un poco de imaginación, restándole al paisaje lo que el bosque, inexorable, ha invadido, veréis un mar de oro). El destino principal del grano era naturalmente El Horno. Recuerdo perfectamente, -de eso por fortuna sí que me acuerdo-, cómo, cada verano, instalaban una trilladora donde ahora aparcan los coches -¿una era quizás?– junto al Restaurante, entonces un granero, a donde acudían los vecinos con los “machos” (mulas y otras bestias) cargados hasta los topes del preciado alimento. La trilladora en cuestión, deteriorada por los elementos y el paso del tiempo, todavía puede verse abandonada a su suerte junto al campo de fútbol de La Giraba.

© Daniel Belenguer

          Dada la necesaria localización de estos edificios en las cercanías de una fuente de agua importante, -en nuestro caso el río-, es fácil suponer cómo las inundaciones afectaban año tras año a su misma existencia. Así pues, cabe suponer que, a lo largo de la historia, (no pongo en duda el dato de Madoz para esa fecha concreta), el número de molinos haya ido variando conforme se abandonaban unos, se construían otros, las sucesivas riadas los echaban abajo, se reconstruían o no…

          ¿Cuáles son entonces los otros dos molinos?

          Enrique Ibáñez (Campanero) me contó, hace muy pocos meses, lo que le sucedió a unos familiares de Mari Carmen, su mujer.

          Vivían éstos en un molino situado a la altura del barranco que desemboca al río entre La Valentina y La Cruz Corredera. (Caminando por la carretera hacia el Castillo de Villamalefa y poco antes de llegar al Empalme -el cruce- de Giraba, cruzaréis un barranco profundamente encajado en la montaña. Ése es el barranco). Pues bien, la noche era negra y había estado lloviendo torrencialmente, cuando sus moradores, a la luz de un candil, observaron -y oyeron- la atronadora furia del río y cómo, una tras otra, se desmoronaban las paredes de los patios delanteros, que en muchas masías existen, incapaces de resistir la increíble fuerza del curso de agua desbordado. Encerrados en la vivienda y sin escape posible no les quedó más opción que, pico en ristre, practicar con premura un boquete en el muro trasero de piedra que daba a la montaña con la suficiente holgura como para pasar por él y denodadamente trepar a oscuras la muy empinada cuesta en busca de auxilio. ¡Esa gente sabía lo que se hacía! –comenta Enrique. ¿Podéis imaginaros a vosotros mismos en iguales circunstancias? Apremiados por el río, aún en el improbable supuesto de que tuviéramos a mano las imprescindibles herramientas, ¿seríamos capaces de reventar un muro de piedra, -se dice pronto- con tan escasa iluminación y los muchos nervios, escapando así a nuestra ineluctable y penosa suerte? Más bien creo que nuestra opción sería llamar al 112 y esperar desconsolados el fatal desenlace (algunos quizás preferirían rezarle a Belén Esteban). ¡Apenas unas generaciones y cómo ha cambiado el personal!

          Del molino no queda ni rastro.

          El último molino del que tengo constancia es el de la fotografía que encabeza estos párrafos. Nunca lo hemos visto en pie. Se trata de un edificio imponente, con un gran arco en un extremo y lo que parece ser el desaguadero en el otro. La fotografía es veraniega y muy antigua (¿años 30?) a juzgar por los encamisados lugareños. ¿Sorprendidos?… ¿No os resulta familiar la silueta de las montañas a su izquierda y lo que parecen (y siguen siendo) chopos detrás de las casas?

 

           La  montaña de la izquierda, en ambas fotografías, es, efectivamente, la misma: el Morrón de la Cingla (el ángulo de la fotografía es distinto, – y, desde luego, la estación del año: un 28 de enero de 2006, hace cinco años-, pero es inconfundible). ¡El molino estaba situado sobre lo que hoy es una deteriorada área recreativa,… la Fuente La Valentina!

          El río, inclemente, se lo llevó también.

 

Julio, 7 de febrero de 2011.

Nota: todas las fotografías antiguas están escaneadas del programa de fiestas de verano de 1989 y no consta su autoría, ni están fechadas.

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